sábado, 8 de noviembre de 2014

LA IGNORANCIA DE LA SANGRE (Manuel Gómez Pereira, 2014)

Arranca la undécima edición del festival de cine europeo de Sevilla, con muchas expectativas puestas en la película española que se proyecta en el Teatro Lope de Vega, en la gala inaugural. Antes de comentar las virtudes —y los defectos— de este policíaco de Manuel Gómez Pereira que abre la Sección Oficial, pero que no compite en ella, vamos a echar un vistazo al otro apartado importante del festival: la Sección EFA, o grupo de películas que optan a los premios de la Academia de Cine Europeo.

De este capítulo del concurso, ayer pudimos ver Blind (2014), una cinta noruega del realizador Skil Vogt que nos dejó sorprendidos por su singular propuesta. Vogt nos ofrece la particular “visión” de Ingrid, una ciega que se inventa a su antojo el mundo que le rodea. La joven discapacitada fantasea con la relación que surge entre una pareja de vecinos, los solitarios Einar y Elin, un obseso sexual, el primero, y una madre soltera, la segunda. Al mismo tiempo que construye una historia entre ellos, Ingrid interpreta a su manera los silencios de Morten, su marido. Se lo imagina observándola o chateando con otra mujer, que podría ser Elin, ¿por qué no? ¿Y si Elin fuera ciega también? ¿Y si en vez de un niño tuviera una niña? ¿Y si…? Un sinfín de preguntas que provocan que las distintas subtramas se diversifiquen mientras se mezclan con la realidad o se separan de ella. Un caos imaginativo que roza la comedia, envuelto en el mantra que resulta ser la repetitiva música de la original cinta de Skil Vogt.























Pero vayamos a la película protagonista del día de ayer, La ignorancia de la sangre. Un ejemplo más de que el cine de género es la solución para sacar a flote la maltrecha industria cinematográfica de nuestro país. Es la estrategia por la que siempre hemos apostado, la que nos parece más adecuada para atraer al público a las salas hasta conseguir, digamos, una “masa crítica” suficiente de espectadores que crea en el cine patrio y que haga posible que otras propuestas menos comerciales triunfen también.

En este sentido, nada que reprochar a la última película del veterano Gómez Pereira. Un director que ya triunfara en la primera mitad de los noventa con cuatro comedias muy divertidas, pero que ahora se pasa al bando del cine negro para probar suerte dentro, repito, de esta iniciativa comercial casi generalizada. Lo hace adaptando un best seller de Robert Wilson, escritor británico que tiene una saga protagonizada por el inspector Falcón, policía español de ficción afincando en Sevilla.

La trama doble de la cinta de Gómez Pereira nos remite a las novelas negras que se estilan ahora, las que vienen de fuera de nuestro país, pero también las de dentro. Los aficionados al noir reconocerán la estructura de la película y el salto de género dentro de la cinta, desde el cine policíaco al negro hasta desembocar en el thriller. Todo para ganar la atención del público al conseguir que la acción vaya en aumento y no decaiga nunca. Hasta aquí las bondades del filme, las debidas al argumento, pero también a Gómez Pereira que maneja bien el ritmo que reclama la historia para asegurar el entretenimiento del público, lo cual no es poco.



Los defectos (hay unos cuantos, ahora veremos) impiden que la cinta se apunte el tanto de la producción de calidad con el que seguro soñarían el guionista, los intérpretes y el director; los mismos que provocan, a nuestro entender, los principales fallos del largometraje: el guión adaptado, más allá de caer en un par de situaciones inverosímiles, tropieza en bastantes diálogos estereotipados, aquellos que ya hemos oído y leído cientos de veces, como los que surgen entre el héroe y su mujer/novia/amante cuando ésta le reprocha que le salpiquen a ella y a su hijo los casos del policía, o los que se suceden entre los agentes de la ley, o entre éstos y los mafiosos. Un libreto acartonado que chirría en la primera parte del filme, hasta que el interés de la trama logra que el espectador consiga obviarlo.

De los actores, nada que objetar al protagonista, un buen Juan Diego Botto en el papel del policía desvalido que nos recuerda a otros personajes del cine negro (no sé por qué nos viene a la memoria el Philip Marlowe de William Powell en Historia de un detective, quizás por estar casi siempre a merced de los “malos” y por tener entre ellos a una mujer peligrosa como archienemiga). Tampoco le ponemos pegas a Paz Vega o a Cuca Escribano, pero sí a Alberto San Juan que es, en nuestra opinión, el que se lleva la peor parte (al parecer, sustituyó a Hugo Silva que era el actor elegido para el papel). Con un registro dramático falso, diríamos que forzado, San Juan no acierta con el rol de su personaje y confirma nuestra preferencia por sus actuaciones en las comedias. Lo mismo que nos ocurre con Gómez Pereira: también nos decantamos por sus comedias.



Y no es que lo haga mal el realizador, ya hemos dicho que maneja muy bien los tiempos y el ritmo, lo que no nos gusta del todo es la puesta en escena y la gestión del objetivo, sobre todo cuando usa —abusa— de los primeros planos como si estuviera dirigiendo una serie de televisión. Somos de la opinión de que esos encuadres hay que reservarlos para escenas donde queremos resaltar el aspecto íntimo del personaje. Si los utilizamos sin ningún control, cuando lleguen esas secuencias perderán la fuerza, y el efecto que deseamos conseguir con ellos se diluirá o desaparecerá.  

A pesar de todo, La ignorancia de la sangre es un buen intento de llevar nuestro cine por el acertado camino de lo comercial, como La isla mínima (de bastante más calidad), Celda 211, Grupo 7, No habrá paz para los malvados, La caja 507 y algunas más que han conseguido que nuestras películas por fin se cuelen entre las preferencias del público, compitiendo en la cartelera con la implacable oferta norteamericana.


Ver Ficha de La ignorancia de la sangre.


4 comentarios:

  1. Bueno, veremos a ver si van mejorando las propuestas de este, por otra parte, cada vez más prestigioso festival.

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    1. Seguro que habrá de todo, pero aunque sólo sea por la selección previa que hace la organización, y por la candidatura de algunas de ellas a los premios de la Academia, se supone que la mayoría de las cintas son interesantes.

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  2. El cine negro ofrece una posibilidad de conjugar calidad con los no menos necesarios propósitos comerciales. El cine negro suele aportar buenas interpretaciones y buenos guiones y a poco que el director tenga una visión más o menos tenebrosa, ácida incluso, se puede cuajar una gran película. Y a Manuel Gómez Pereira lo asocio a comedias, pero según indicas el resultado obtenido no es malo. ¿Abuso del primer plano? Eso ya es una plaga: será que hay que hacer películas pensando en que se van a ver en una tablet o en un móvil en vez de en una pantalla de cine. Así que cuando vez una película en la que predomine, al menos, el plano medio, ya es un lujo.
    Saludos.

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    1. Así es, veremos si esa supuesta comercialidad se confirma con la respuesta en taquilla: acaba de estrenarse en las salas de todo el país después de su premier en el festival.
      En cuanto a lo del abuso de los primeros planos, sólo hay que ver las cintas de Hawks, Ford, etc., los maestros; los cineastas de ahora deberían repasar de vez en cuando el cine clásico. Que vean cuándo y cómo hay que usar los primeros planos.
      Saludos.

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