lunes, 29 de mayo de 2017

2 X 1: “SEMILLA DE CRISANTEMO” y “QIU JU, UNA MUJER CHINA” (Zhang Yimou)

Semilla de crisantemo (Ju Dou, 1990)

Zhang Yimou es otro de los casos en los que prestigiosos festivales de cine occidentales han dado a conocer a excelentes directores de países más o menos exóticos.  El director chino hace tiempo que se pasea triunfante allá por donde presenta sus magníficas cintas, pero en 1990 era todavía un completo desconocido aunque ya había ganado el Oso de Oro en el festival de Berlín con su ópera prima Sorgo Rojo (1987). Con su tercer largometraje, Semilla de crisantemo, logró encandilar a jurado y público del certamen vallisoletano haciéndose con la espiga de oro; ese mismo año obtuvo una merecida nominación al Óscar a la mejor película extranjera.

La historia del triángulo amoroso en una fábrica textil, en una tintorería de principio de siglo XX, resulta espectacular desde el lado de la fotografía (Yimou fue operador antes que realizador, y se nota), pero también sorprende por el tratamiento desenfadado que el cineasta oriental le confiere a una trama que en realidad es una tragedia. El director narra con cierto humor negro para concluir con una falsa moralina en la que el fruto del pecado se vuelve contra sus progenitores. 


No obstante, como se ha dicho, lo que destaca en Ju Dou es la forma sobre el fondo. La estética, los decorados y el color sobresalen por encima de los diálogos. En la fábrica las telas se secan en altísimos tendederos y se tiñen de amarillo, de azul o de verde, mientras Yimou extiende la pintura para colorear toda la puesta en escena con esos mismo colores. Cuando se avecinan problemas no es casual que sea el rojo el tono del tinte.

Del reparto, hay que destacar a Gong Li por encima del resto del corto elenco. La debutante en la primera película de Yimou, la citada Sorgo Rojo, se convierte en Semilla de crisantemo en una fija, en una bella musa que será el blanco del objetivo del director a lo largo de toda su carrera.  





Qiu Ju, una mujer china (Qiu Ju da guan si, 1992)

Dos años más tarde de Semilla de crisantemo, Zhang Yimou vuelve a rodar una cinta donde una mujer de fuerte carácter es la protagonista indiscutible. De hecho, esos retratos femeninos son lugares comunes en la filmografía del director, y el tema central de sus mejores películas.

Qiu Ju  (Gong Li, no podía ser otra) es una mujer de campo medio analfabeta y a punto de dar a luz un hijo. Después de una disputa, el alcalde de la aldea donde vive Qiu Ju arremete contra el marido de ella y le propina una patada en sus partes nobles. A partir de aquí, la terca mujer inicia un recorrido por todos los juzgados e instancias para obtener una satisfacción del alcalde. Desde la aldea, a la corte del pueblo, pasando por el condado, la capital y demás instituciones, Qiu Ju apela una y otra vez las decisiones de los magistrados hasta que le den la razón.

En Qiu Ju, Zhang Yimou cambia radicalmente de temática, de ambientación y hasta de forma de rodar. Si en Semilla de crisantemo, el director se remontaba a los años veinte,  y daba rienda suelta a su experiencia como director de fotografía; aquí se desentiende de la estilizada puesta en escena para filmar una especie de documental contemporáneo, una película donde Yimou critica la burocracia comunista desde un punto de vista tragicómico muy atractivo.


Sólo Gong Li permanece como denominador común en ambos filmes, aunque en el segundo largometraje la actriz está irreconocible. El cambio de aspecto y de registro es tan extremo como el del propio director: más gorda, con varias capas de ropa encima como corresponde a una mujer que sobrevive al duro y frío invierno, Gong Li se mueve con torpeza e interpreta a una inocente campesina que cultiva guindillas, que en nada tiene que ver con la espabilada y sofisticada concubina de la película anterior. Si algo les une, es la determinación y el empeño que ponen para lograr sus objetivos.

Qiu Ju, una mujer china es, en definitiva, una comedia realista, con momentos divertidos, pero con final dramático, con la que Zhang Yimou consiguió el León de Oro en Venecia, al tiempo que su actriz fetiche se hacia con la prestigiosa Copa Volpi. Con tan solo cinco películas Yimou ya había ganado en Berlín, Valladolid y Venecia.





lunes, 15 de mayo de 2017

CINE EN TV: CARAVANA DE PAZ; LANZA ROTA

Caravana de Paz (Wagon Master de John Ford, 1950). Ward Bond, Ben Johnson, Joanne Dru, Harry Carey Jr. (La 2, miércoles 17 de mayo a las 12:40).

Entre las impresionantes La Legión invencible y Río Grande, dos de las tres películas dedicadas a la caballería con John Wayne como estrella, el maestro John Ford dirigió este largometraje del género que dominaba como nadie. Podría ser un divertimento del propio Ford, una relajación entre dos cintas tan importantes como las citadas, digamos una obra menor en la extensa filmografía del realizador; sin embargo Caravana de Paz, por el tratamiento de un argumento bastante simple, por carecer de estrellas entre su reparto, por el realismo con el que se cuenta la historia en la que apenas sucede nada, la podemos calificar de obra maestra adelantada a su tiempo.

Es una cinta moderna gracias a la sencillez de la trama donde se narra de forma desdramatizada y cercana al documental las peripecias de un grupo de colonos. Se trata de una caravana de mormones a la que se le unen unos "actores" y una banda de asesinos, todos capitaneados por dos vaqueros que sueñan con las cartas. Aquí los indios son por fin nativos de una tierra salvaje y no una amenaza directa. Los “malos” no lo son tanto cuando observan la difícil progresión de los carruajes en su ascender por la montaña.


Ford muestra la escena bajo el punto de vista de los asesinos que por un momento admiran al grupo de colonos y casi se puede decir que querrían ser como ellos. No son los únicos encuadres bellos, los hay por decenas; destacan algunos primeros planos de los personajes, perfectamente insertados cuando la acción lo requiere y no de forma gratuita como algunos directores acostumbran a hacer (otro ejemplo: cuando la banda de malhechores irrumpen en el baile).

En Caravana de Paz, como se ha dicho, se refuerza el realismo gracias a que no hay una estrella tipo John Wayne al frente del casting. Los actores que se reparten el protagonismo pertenecen a la troupe habitual del director. Excelentes secundarios, todos ellos, que hacen su trabajo a la perfección dirigidos por el “jefe de la “compañía”, que los conoce tan bien como si fueran un grupo de profesionales del mundo del teatro

A pesar de ser un filme casi experimental, Ford no se salta el carácter épico de la cinta y la rueda en su querido Monument Valley. Los planos del inicio y el final de la película resumen toda la historia y configuran la grandeza del western como género épico por excelencia: una carreta sale del río y sube una empinada cuesta, delante de los esforzados caballos va un potrillo, verdadero símbolo de la nueva vida que se abre camino por un territorio salvaje.



Lanza Rota (Broken Lance de Edward Dmytryk, 1952). Spencer Tracy, Richard Widmark, Robert Wagner. (Aragón TV, miércoles 17 de mayo a las 15:05)

Más que correcto western de Edward Dmytryk, de los llamados psicológicos. Es la segunda adaptación de la novela "House of Strangers" (la primera corresponde a Joseph L. Mankiewicz), pero en clave de película del oeste. El autor, Philip Yordan, ganó el oscar por el estupendo guión... Seguir leyendo




lunes, 1 de mayo de 2017

2 X 1: “Y LA VIDA CONTINÚA” y “A TRAVÉS DE LOS OLIVOS” (Abbas Kiarostami)


Y la vida continúa (Zendegi va digar hich, 1991)

En 1991 se produce un hecho transcendental en la historia del cine mundial y del iraní en particular: la película de un desconocido Abbas Kiarostami, Y la vida continúa, gana el premio Rossellini en el festival de Cannes. Igual que sucedió con el cine japonés cuando Kurosawa presentó al mundo su obra Rashomon (1950), con el italiano cuando el propio Rossellini unos años antes sorprendió con Roma, ciudad abierta (1945), o con muchos otros países fuera de la esfera hollywoodense, Kiarostami hizo lo propio con su original cinta. A partir de Y la vida continua el cine del país de los ayatolás comenzó a tenerse en cuenta y directores de la talla de Makhmalbaf, Panahi o Majidi se incorporaron al circuito cinematográfico como lo que eran, unos realizadores magníficos con un cine moderno y realista que se nos antoja fundamental hoy en día.

En realidad la película de Kiarostami era la segunda parte de una trilogía que había comenzado con ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Khane-ye doust kodjast?, 1987) y que finalizaría con A través de los olivos, la otra película de la que vamos a hablar. Por tanto más que un “dos por uno”, nos referimos a un trío de cintas que Kiarostami ideó a partir de su interés por la educación infantil. De hecho, venía de realizar un par de largometrajes muy críticos con el sistema educativo de su país. Con la excusa del guión de ¿Dónde está la casa de mi amigo? –un niño busca a un compañero de clase para devolverle el cuaderno y así evitar que el maestro lo castigue–, Kiarostami filma la segunda de las cintas desde una posición tan realista como curiosa:


En Y la vida continúa, un padre y su hijo atraviesan la zona castigada por el terremoto iraní de 1990 con el objetivo de localizar al actor (que no al personaje) protagonista de la película anterior. Es decir, Kiarostami mezcla ficción y realidad de forma perfectamente estudiada para rodar lo que le interesa: las pequeñas historias de los habitantes de la región que cuentan de la forma más natural posible cómo han sobrevivido a la catástrofe y cómo han perdido a familiares y amigos. Ellos, mientras tanto, siguen con sus vidas e intentan volver a la rutina que finalmente es lo que da la felicidad. El verismo de su proyecto se logra con una cámara ágil y con la colaboración de actores improvisados, no profesionales.

En cuanto a la historia en sí, el director se fija en pequeños detalles como el hecho de la preocupación de la gente por colocar una antena de televisión para ver el mundial de fútbol, por regar las plantas en medio de la desolación o por descubrir que hay agua corriente en una solitaria tubería. Son elementos que configuran una hermosa película, minimalista, sin apenas trama, pero cuyo tema, el que el título adelanta, es desarrollado con perfección y espontaneidad por igual.




A través de los olivos (Zire darakhatan zeyton, 1994)

Tres años más tarde de Y la vida continúa, el realizador iraní se interna en el rodaje de dicha cinta, pero lo hace con otra película como si fuera un documental, o el making of, cuando en realidad es una suerte de experimento de cine dentro del cine, una vuelta de tuerca más en su afán por filmar la realidad con ayuda de la ficción.

Así de sorprendente es A través de los olivos que arranca con la presentación del propio Kiarostami (no es él, es un actor, cosa que no oculta al público) en el lugar del rodaje de Y la vida continúa, concretamente en la realización de la secuencia que presenta a una pareja de recién casados que viven entre ruinas.

Los actores de esa escena son los personajes de la nueva película: son dos jóvenes que apenas se conocen, que sólo se relacionan en los ensayos y filmación de Y la vida continúa. Hussein, que así se llama el que hace de flamante marido, quiere casarse con la joven que interpreta a su mujer en la ficción (no olvidemos que “esa ficción” era la realidad en la cinta anterior –me temo que me estoy liando, pero así es el cine del maestro iraní–), pero ella no quiere saber nada de él debido a la injerencia de su abuela que quiere un marido mejor para su nieta. La insistencia de Hussein es el tema principal de la cinta. De nuevo una trama minimalista porque la película no deja de ser otro experimento de Kiarostami para “oír” lo que tienen que decir los personajes que van apareciendo en el filme. De hecho, el realizador siempre decía que rodaba sin guión, que él no contaba historias, lo que hacía era escucharlas.


Dentro de la obligada comparación que siempre hacemos en esta sección del blog, más que puntos en común entre ambas cintas, habría que hablar de cómo se complementan una y otra. No obstante, si nos abstraemos de la lógica que las une, podemos observar el estilo personal de rodar de Kiarostami: así, las secuencias dentro de automóviles son un sello característico de su cine, con diálogos entre los que conducen y los personajes de fuera (el espectador es el conductor y la película discurre en el exterior); también lo son los planos secuencias y las largas y estáticas tomas generales que cierran sus películas. Son escenas que fotografían caminos zigzagueantes y empinados, simples y sencillos encuadres muy adecuados para subrayar lo complicada y dura que es la vida.

Para terminar, quisiera reproducir las palabras que dijo Martin Scorsese con respecto a su colega de oriente medio: “Kiarostami representa el más alto nivel artístico en el cine”. La contestación del realizador iraní fue ingeniosa: “Son palabras de admiración que agradezco, pero que serían más apropiadas después de mi muerte”.

Kiarostami nos dejó el año pasado, por tanto ya tenemos el permiso del director para alabar su cine.







lunes, 17 de abril de 2017

ESPECIAL KIRK DOUGLAS (y V): EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS (The Final Countdown de Don Taylor, 1980)

La última película del especial sobre Kirk Douglas pertenece a su época digamos ya decadente o menos gloriosa, donde el actor aún demostraba fuerza interpretativa en una cinta de ciencia ficción que, como veremos, en realidad se trataba de un filme bélico.


Kirk Douglas ya había producido con anterioridad con su compañía Bryna historias de ciencia ficción con la guerra fría como telón de fondo —Siete días en mayo (Seven Days in May, John Frankenheimer, 1964)— así que un proyecto como El final de la cuenta atrás no le era en absoluto extraño. Tampoco se encontraba a disgusto con la fantasía un director como Don Taylor, antiguo actor secundario que se había pasado a la realización, y que casi se había especializado en el tema cuando en los años setenta dirigió una de las secuelas de El planeta de los simios (1971), una versión de La isla del doctor Moreau (1977) y un filme de terror como La maldición de Demian (1978).

El argumento de El final de la cuenta atrás, escrito por Thomas Hunter, Peter Powell y David Ambrose resultó muy atractivo, ideal para ser rodado en 1980 ya que enlazaba la Guerra Fría con la Segunda Guerra Mundial gracias a un ingenioso salto en el tiempo: El analista de sistemas Warren Lasky (Martin Sheen) embarca en el USS “Nimitz” para sugerir cambios en su sistema de combate. En mitad de las operaciones, el “Nimitz” se ve envuelto en una extraña tormenta que surge de la nada. El comandante Yelland (Kirk Douglas) no entiende lo que ocurre cuando diversos sucesos indican que han viajado al pasado, concretamente al 6 de diciembre de 1941, el día anterior al ataque de Pearl Harbor. Mientras la fuerza nipona se acerca a Pearl Harbor, Yelland duda si intervenir o no en el devenir de la historia.


Del guión de la película, todo ficticio por supuesto, sólo el barco es real y además es el verdadero protagonista del filme. Lo es porque la cinta no deja de ser un escaparate mundial para admirar —y temer, según de dónde sea el público— al USS “Nimitz” y a toda su potencia armamentística. El “Nimitz” es el primer buque de la clase que lleva su nombre (segundo portaaviones nuclear construido en USA después del “Enterprise”), entregado a la Navy en 1975 y todavía en activo. El enorme barco de mas de trescientos metros de eslora, casi 100.000 toneladas a plena carga y con más de noventa aviones a bordo, puede dar, gracias a sus dos reactores nucleares, una potencia de 260.000 caballos de vapor, o lo que es lo mismo, más de 30 nudos de velocidad y autonomía ilimitada de combustible.

En la película da la impresión de que no fue el portaaviones el que se sometió al guión, sino todo lo contrario, que el libreto se escribió de tal forma que pudiera justificar el espectacular despliegue de imágenes documentales de aterrizajes, despegues, situaciones de emergencia, zafarrancho de combate, etc. Aunque los tomcats en misión CAP (Combat Air Patrol) tienen más presencia, sobre todo en la secuencia del desigual combate aéreo contra los zeros, la operación de SAR (Search and Rescue) de los helicópteros, la de reconocimiento fotográfico de los crusader en la bahía de Pearl Harbor, o la de vigilancia de la flota japonesa a cargo del AWACS (avión sofisticado de alerta temprana y control), encajan muy bien en el guión y logran completar el muestrario de operaciones aeronavales. No en vano el largometraje se usó durante mucho tiempo como parte del proceso de reclutamiento de la Navy.

En plena Guerra Fría, para los norteamericanos el alarde exhibido en la película estaba justificado. Hasta hay un guiño a la crisis cuando un pesquero ruso en labores de inteligencia se dedica a “faenar” en las inmediaciones de la flota. La película se llegó a prohibir en algunos países de la esfera soviética, como Hungría, y en otros se suprimieron las escenas en las que aparece el buque espía. Parece ser que las naciones del Este se dieron por aludidos e interpretaron la superioridad yanqui de la película como una especie de metáfora en la que ellos eran los obsoletos japoneses. 
Ver ficha  de El final de la cuenta atrás.






lunes, 3 de abril de 2017

CINE EN DVD: LA BRIGADA DEL DIABLO (The Devil's Brigade de Andrew V. McLaglen, 1968)

Seguimos con los décimos aniversarios de lanzamientos de películas en DVD, en concreto con una cinta de la colección Promolider Bélico que editó la Fox en abril del 2007. Entre las películas de la serie figuraba este filme de acción de Andrew V. McLaglen:



The Devil’s Brigade es un largometraje bélico basado en la primera agrupación de operaciones especiales. En 1942, cuando Alemania dominaba en todos los frentes de la Segunda Guerra Mundial, los aliados crearon esta unidad, precedente de los famosos “Boinas verdes”. Fueron los propios nazis los que la bautizaron como la “Brigada del Diablo” y sus misiones se centraban en incursiones por detrás de las líneas enemigas. Digamos, algo parecido a la brigada que mandaba Brad Pitt en la más reciente Malditos Bastardos (Inglourious Bastards de Quentin Tarantino, 2009).

Andrew V. McLaglen, un especialista en western, fue el encargado de realizar la película que nos atañe en 1968. No creo que fuera casual que La Brigada del Diablo se estrenara un año después del éxito alcanzado por Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), y es que era prácticamente un remake de la célebre película de Robert Aldrich. No fue la única. La idea de reunir a un grupo de desertores y delincuentes para formar un grupo de ataque se repitió en innumerables ocasiones. La principal diferencia con el film que inauguró la serie se basaba en las dificultades del coronel protagonista (William Holden) en entrenar a soldados americanos (los indeseables) junto a una compañía canadiense y, finalmente, reunir un grupo compacto.


La estructura de este tipo de cintas era siempre la misma: una primera parte de adiestramiento en un campamento donde se sucedían continuos enfrentamientos entre las tropas aliadas; y una segunda parte de acción propiamente dicha, con los alemanes como enemigos. Con este tipo de largometrajes se lograba entretener al público por el hecho de haberle dado la vuelta al propio género bélico. Ya no se trataba de ver las hazañas de soldados más o menos ejemplares; lo que primaba era presentar a unos personajes que llegaban a ser héroes en contra de su voluntad. La desmitificación del género causó, paradójicamente, su revitalización.

La cinta se deja ver con simpatía, pero no no nos engañemos, no llega a ser nada más que una de las incontables películas bélicas de la época, con mucha acción, actores ya en decadencia y con un director-artesano, bastante irregular por cierto, al frente del proyecto.


lunes, 20 de marzo de 2017

ESPECIAL KIRK DOUGLAS (IV): EL ÚLTIMO TREN DE GUN HILL (Last Train from Gun Hill de John Sturges, 1959)

El Último Tren de Gun Hill, pertenece al extenso ciclo de películas del oeste que protagonizó Kirk Douglas, y que le reportó grandes éxitos. Además de la excelente actuación de la estrella, también destaca su implicación personal. La historia que escribió Les Crutchfield (“Showdown”, como originalmente se llamaba) pasó con nota el filtro de posibles proyectos de la Bryna, productora propiedad del actor:



Un sheriff (Douglas) persigue a unos criminales que han asesinado a su mujer. El rastro le lleva hasta el hijo de un antiguo amigo. Ni su compañero de años pasados (Anthony Quinn), ni casi nadie del pueblo, están por la labor de dejar que se lleve al asesino en el tren del título.

El guión de James Poe destacó sobre los demás porque la trama pertenecía a la serie de películas que se realizaron a la sombra de Solo ante el Peligro (High Noon de Fred Zinnemann, 1952). Eran cintas pertenecientes a un subgénero que quería aprovechar el tirón y seguir con la acertada simbología Mccarthysta del héroe abandonado a su suerte, pero decidido a seguir hasta el final; eso sí, sensiblemente preocupado y no exento de tentaciones para dejarlo todo.

En contraposición al western de Zinnemann, donde el protagonista roza la cobardía, surgieron otros con el ánimo de volver a dejar en buena situación la figura del representante de la ley y confirmar que no necesitaba a casi nadie para llevar a cabo su misión. La trilogía de Howard Hawks, Río Bravo (1959), El Dorado (1967) y, en menor medida, Río Lobo (1970), podrían encontrarse en esa línea. Sin embargo, Last Train from Gun Hill pasa por ser una mezcla de las dos corrientes. En efecto, Matt Morgan, el crispado sheriff -nadie mejor que Kirk Douglas para dignificar la crispación- actúa también solo, sí, pero sin temor; quizás por la inmunidad que otorga los deseos de venganza. Realmente es un personaje más cercano al interpretado por Arthur Kennedy en Encubridora (Rancho Notorious de Fritz Lang, 1952) que al de Gary Cooper en Solo ante el Peligro.



Para llevar a buen término el filme, Kirk Douglas se rodeó de verdaderos especialistas: utilizó el productor más eficiente, Hal B. Wallis; se sirvió de uno de los mejores directores de fotografía, Charles Lang, que ya había ganado un premio de la Academia y, nada menos, que 17 nominaciones en toda su carrera; y redondeó la faena con la música del gran Dimitri Tiomkin, el mismo que participara en la ya muy citada cinta de Zinnemann. Pero sobre todo consiguió poner al frente del proyecto a John Sturges –un director siempre en alza- para asegurarse una película entretenida y con creciente suspense hasta el final.

Del realizador ya nadie duda acerca de su habilidad para la puesta en escena y para el aprovechamiento de los formatos scope. Si su mejor activo es la destreza en las secuencias de acción propiamente dichas -el arranque y el último cuarto de hora son de una tensión tremenda-, en Gun Hill demuestra que también sabía emocionar. El último plano, una panorámica desde el punto de vista de Matt/Kirk, en el ya famoso tren, así nos lo confirma. ¿Hay mejor forma de acabar este artículo que recordando esa imagen?







lunes, 6 de marzo de 2017

CINE EN DVD: ALATRISTE (Agustín Díaz Yanes, 2006)

Se cumplen diez años del lanzamiento del DVD por la Fox (febrero-2007) de la película basada en las aventuras del capitán Alatriste; una buena excusa para revisar la atractiva cinta española y recuperar la crítica que escribimos en el momento de su estreno en el cine, reseña aún no publicada en el blog:



Uno se ha vuelto de lo más desconfiado. Acude al cine con la escopeta cargada y con la mecha encendida cuando se trata de ver una película promocionada hasta la saciedad; aunque no sea norteamericana. En el caso de Alatriste, tuve que dejar el fusil en el ambigú y apagar la mecha nada más comenzar la cinta; justo cuando vi a Viggo Mortensen emergiendo de las aguas, ¡buen comienzo, vive Dios! Y es que el largometraje de Agustín Díaz Yanes, sobre las novelas de Pérez Reverte, se puede calificar de muy interesante. Interesante, pero desigual. Veamos primero lo que falla en esta producción:

La narración es discontinua y distorsiona el resultado final. La trama se interrumpe por doquier, quebrando su unidad en varias ocasiones. La culpa es de un guión que ha querido abarcar mucho para tan poco tiempo –y eso que la cinta dura dos horas y media-. Le ocurre lo mismo que al clásico de aventuras El Hidalgo de los mares. Allí, Raoul Walsh quiso incluir en una misma cinta varios libros de C.S. Forester. El resultado fue una trama que se partía en dos. Tanto en aquella ocasión, como en Alatriste, los guionistas tendrían que haberse conformado con menos base literaria o bien haber realizado una secuela. Pero no ha sido así. Por culpa de esa no-linealidad echamos en falta más secuencias que reflejaran la labor de aprendizaje entre el capitán y su protegido; la ruptura con el Conde de Guadalmedina de una forma más progresiva; o haber alargado la escena en la que los dos amigos, Alatriste y Quevedo, se enfrentan a partidarios de Góngora, por citar sólo algunos ejemplos.


El casting de la película también es irregular. Si el personaje de Viggo Mortensen y sus compañeros es muy adecuado –estupendos Echanove, Dechent y Eduard Fernández- no lo son tanto los “grandes de España”, Noriega y Javier Cámara. Nadie se imagina a éste último gobernando la nación y, en cuanto al primero, parece que ha prevalecido más el querer incluir a un actor de primer nivel en una cinta española, que en ser fiel al espíritu de la novela. Y hay que hablar de la “voz” del protagonista. No me voy a explayar aquí, sólo indicar que somos el país que mejor nivel de actores de doblaje tiene ¿por qué no utilizarlos cuando es evidente que hacen falta?

Dicho esto, aquí vienen las razones por las que creo que Alatriste es una obra importante: lo es por el tratamiento de la luz en algunos planos. Agustín Díaz Yanes y su director de fotografía han sabido captar la misma atmósfera que rodea los cuadros de Velázquez. Esto sucede, por ejemplo, cuando Viggo Mortensen se ata las botas después de una noche de amor con Ariadna Gil, o cuando el propio capitán acude para pagar el rescate de su ahijado.

También merece la pena observar el atractivo tono crepuscular que envuelve a los personajes, sobre todo al propio Alatriste. La decadencia del imperio español se refleja en sus rostros cansados, en sus cicatrices, en sus ropajes y en el progresivo pesimismo que destila toda la cinta. La ironía del autor queda patente en algunos diálogos donde se denuncian los males que siempre ha padecido nuestro país. La ambientación, el buen tratamiento del protagonista y las muy aceptables escenas de capa y espada - capa raída y espada sangrante – acompañan a todo lo anterior para conseguir un balance final favorable.





Ver ficha de Alatriste.



domingo, 19 de febrero de 2017

ESPECIAL KIRK DOUGLAS (III): LOS VIKINGOS (The Vikings de Richard Fleischer, 1958)

El best-seller “The Vikings” de Edison Marshall fue el origen de la mejor película hasta la fecha sobre el pueblo normando. Fue dirigida por Richard Fleischer, y producida por Kirk Douglas; y no por casualidad ya que director y estrella habían colaborado juntos un par de años antes en otra cinta con el mar como entorno: 20.000 leguas de viaje submarino (20,000 Leagues Under the Sea, 1954).


















En los veinticuatro meses que duró la preproducción de Los Vikingos se construyeron tres buques según los planos técnicos del drakkar encontrado en Gosktad, Noruega. Precisamente, el país escandinavo fue el elegido para los rodajes de exteriores. Allí se filmaron las secuencias más bellas de la película, en el fiordo de Hardanger y en el pueblo de Kvinnherad, donde sus habitantes aún recuerdan la experiencia de trabajar como extras.

La trama del filme se encuentra inspirada en un hecho real acaecido en el siglo IX cuando dos hermanos vikingos vengaron la muerte de su padre conquistando uno de los reinos británicos:
El monarca vikingo Ragnar (Ernest Borgnine) saquea la costa inglesa, mata al rey de Northumbria y viola a la reina. Han pasado dos décadas y Einar (Kirk Douglas), el primogénito de Ragnar, consiguen secuestrar a Morgana (Janet Leigh), la prometida del rey inglés, por la que esperan obtener un suculento rescate. Mientras tanto, en el poblado vikingo sobrevive como puede Eric (Tony Curtis), un esclavo que ha provocado que Einar pierda el ojo izquierdo durante una cacería. Nadie lo sabe, ni siquiera él, pero Eric es el bastardo al que le pertenece el trono británico. El drama se complica cuando Ragnar cae en las garras del enemigo y cuando Einar y Eric (todavía ignoran que son hermanos) se pelean por Morgana.


El guión de Los Vikingos es un drama bien ensamblado donde se intercalan algunos temas interesantes como la mitología nórdica o el enfrentamiento, tan afín al medievo, entre superstición y ciencia. Así, Eric supera gracias a una brújula rudimentaria el temor a la niebla cuando aún no existía la aguja náutica. Los vikingos eran verdaderos expertos en la navegación por observación de las estrellas, gracias a esa técnica consiguieron adentrarse mar abierto y llegar a Islandia y Groenlandia; sin embargo, no se atrevían a navegar en baja visibilidad: a la niebla la consideraban un castigo divino.

Con relación a la mitología nórdica, es significativo el guiño final cuando Einar y Eric se enfrentan en un duelo a muerte. Uno está tuerto y el otro manco, es decir, los dos combaten a imagen y semejanza de Odin y Tyr, los dioses de la guerra. Mitología y tradición también se unen en una secuencia que no podía faltar: la del funeral vikingo, la del viaje al Valhalla en un drakkar en llamas que hace de ataúd.

A pesar de elementos narrativos tan interesantes, lo más atractivo de la cinta es el aprovechamiento de la trama épica para poder filmar secuencias tan bellas como espectaculares. Destacan la de la batalla naval y las dos escenas casi documentales que muestran la entrada de los barcos vikingos por los fiordos noruegos; planos de transición con los que Fleischer “pierde el tiempo” en beneficio de la imagen.


En la última de las secuencias a destacar, Einar y su dotación se lo pasan de maravilla tras el éxito de su misión, ya con la valiosa rehén a bordo. Los salvajes guerreros juegan como niños saltando de remo en remo por fuera de la embarcación. Al parecer, la escena se rodó después de muchas horas de ensayo por parte de los dobles y especialistas. El propio Kirk Douglas participó en el juego y se cayó varias veces en las heladas aguas del fiordo, pero demostró que era capaz de saltar entre los remos. A pesar de tan buen ambiente, tanto Douglas como Tony Curtis confesaron que se pasaron casi todo el tiempo resfriados debido a las bajas temperaturas que sufrieron durante el rodaje.

El éxito del largometraje fue tal que Kirk Douglas y su productora financiaron una serie de televisión inspirada en la película. La denominaron “Tales of Vikings”, comenzó a emitirse en 1959 y de ella se rodaron treinta y nueve capítulos.


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